Aunque esporádico en sus manifestaciones y todavía sin atisbar
siquiera convertirse en fuerza política estructurada, el movimiento de
indignados tiene al menos la virtud de ir apuntando cada vez con más
precisión hacia causas y responsables de la debacle económica y social
que se extiende por Europa.
Esta vez ha puesto el énfasis en la banca, que es la que manda, y a
su servicio actúa la UE, ocupada en rescatarla, a costa de los
trabajadores y jubilados, mediante recortes de servicios sociales,
empleos, salarios y pensiones, aumento de impuestos y ejecuciones de
deshaucios de viviendas, para que siga imponiendo las reglas y
estafando.
Los ahorristas en Chipre han sido sumados ahora a la lista de
damnificados, con una tasa excepcional sin precedentes a todos los
depósitos bancarios, para que sean ellos los que eviten la bancarrota,
lo que ha desatado, frustración, incredulidad y rabia. Se trata de la
más reciente, pero no última de las medidas en cartera, impulsada por la
influyente Alemania en el seno de la UE, para sacar a flote a las
instituciones financieras, sin ninguna propuesta de crecimiento
económico, que genere empleos y palie los sufrimientos de poblaciones
sumidas en incertidumbres con una juventud amenazada de convertise en
generación perdida, sin horizontes a la vista.
Ante todo la banca, que va por delante.

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